260.000 canciones falsas retiradas: cómo clonar la voz de un artista se convirtió en el negocio perfecto
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El 5 de octubre de 2026, un informe del Financial Times sacó a la luz una estadística demoledora: a finales de septiembre, Sony Music había exigido a las plataformas digitales la retirada de más de 260.000 temas generados por inteligencia artificial que suplantaban la voz de estrellas de su catálogo como Harry Styles, Adele, Britney Spears, Queen o Michael Jackson. La cifra prácticamente duplica la registrada apenas seis meses atrás, cuando a finales de marzo de 2026 se situaba en 135.000.
Visto de forma aislada, el dato podría parecer una simple muestra de celo legal corporativo. Sin embargo, en una gráfica temporal representa una curva que no para de empinarse. Y detrás de este balance se esconde la gran incógnita del sector: se enviaron 260.000 peticiones de retirada, pero ¿cuántas pistas falsas se borraron realmente? El reportaje del FT no detalla qué volumen llegó a eliminarse, qué plataformas recibieron las quejas ni con qué rapidez reaccionaron. Dicho de otro modo: el público ha visto la factura emitida por la discográfica, pero nadie ha enseñado el resguardo de entrega de las plataformas.
Una avalancha que deja atrás a las discográficas
Basta conectar las cifras que Sony Music ha ido haciendo públicas para entender el ritmo del problema. En noviembre de 2023, Dennis Kooker, presidente de Negocio Digital Global de la compañía, reveló en un foro sobre IA organizado por Chuck Schumer (entonces líder de la mayoría del Senado estadounidense) que habían emitido cerca de 10.000 avisos de retirada por deepfakes. Para marzo de 2025, en una consulta sobre propiedad intelectual ante el gobierno británico, la cifra ya superaba las 75.000 peticiones. En marzo de 2026, según datos recogidos por la BBC, escaló a 135.000. Y al cerrar septiembre de 2026, rebasó las 260.000.
De acuerdo con las estimaciones de Music Business Worldwide, Sony tramitó un promedio superior a las 20.000 reclamaciones mensuales contra deepfakes de IA entre el 1 de abril y el 30 de septiembre de 2026. La producción se dispara, las peticiones de baja aumentan al mismo ritmo y, aun así, la masa de canciones falsas en circulación no da signos de mermar. La postura transmitida por Sony al FT fue elocuente: "Seguiremos defendiendo los derechos de nuestros artistas y exigimos que las plataformas actúen con rapidez para impedir que este material vuelva a subirse. Pero la batalla es cada vez más cuesta arriba".
El propio Kooker resumió ante la BBC la lógica parasitaria de este fenómeno: "El problema de los deepfakes es que responden a la demanda. Se aprovechan del tirón de un artista en plena campaña de promoción". Estos temas no nacen por mero entusiasmo tecnológico; van a rebufo del marketing ajeno. El lanzamiento de un disco, una gira mundial o un éxito en las listas son el momento idóneo para que los clones salgan a pescar reproducciones.
La música clonada no es una broma: es un negocio a gran escala
Si estas canciones no desaparecen al ritmo necesario no es por falta de voluntad, sino porque forman parte de un esquema de monetización muy bien engrasado. Según explica el FT, los estafadores producen pistas en masa mediante IA y luego activan granjas de bots para reproducirlas sin descanso, desviando regalías que legítimamente corresponderían a los músicos y titulares de los derechos.
Los datos que manejan tanto plataformas como analistas ilustran la magnitud del tinglado. En julio de 2026, el servicio francés de streaming Deezer desveló que solo en junio recibió una media diaria de casi 90.000 canciones compuestas íntegramente por IA, lo que en jornadas punta suponía más de la mitad de toda la música nueva incorporada al catálogo. Previamente, Deezer había calculado que durante 2025 hasta un 85% de las reproducciones conseguidas por temas generados al 100% por IA procedían de fraudes. Eso sí: este tipo de pistas solo concentra entre el 1% y el 3% de las escuchas globales del servicio (según datos de Deezer recogidos por CNET), lo que confirma que las pistas sintéticas siguen estando lejos de desplazar el consumo de música real.
El punto de partida del proceso también está bien documentado. Jamie Njoku-Goodwin, exdirector ejecutivo de UK Music, alertó en el FT: "El fraude en streaming mediante IA se está convirtiendo en una epidemia para la industria musical, y su crecimiento exponencial debería encender todas las alarmas. Ya hablemos de deepfakes, granjas de bots o morralla generada en cadena, vemos a redes organizadas apoyarse en herramientas como Suno y DistroKid para estafar a los artistas". Un estudio de la Sonic Intelligence Academy sobre 1.743 casos certificados concluyó que el 92,8% de los temas con IA analizados se habían generado con Suno, y más de tres cuartas partes de los que contaban con datos de distribución habían llegado a las tiendas a través de DistroKid.
El impacto económico real sigue siendo objeto de debate. En declaraciones a Music Week durante el mes de mayo, Kooker admitió que entre un 5% y un 10% de las reproducciones en streaming podrían ser fraudulentas, aunque matizó que "nadie conoce la cifra exacta". Por su parte, el FT citó a directivos discográficos que sitúan las pérdidas anuales de la industria por fraude de reproducciones en hasta 2.200 millones de dólares. Aunque se trata de estimaciones sin auditorías independientes consolidadas (y las metodologías bailan bastante), el diagnóstico es unánime: estamos ante una actividad de bajo riesgo y altísima rentabilidad.
En el frente judicial ya hay precedentes penales. Michael Smith, un músico de Carolina del Norte, amasó unos 8 millones de dólares en regalías ilegítimas combinando temas generados por IA y miles de cuentas robotizadas. Smith se declaró culpable en marzo de 2026 y a principios de octubre la Fiscalía Federal del Distrito Sur de Nueva York lo condenó a 18 meses de prisión y al decomiso del dinero obtenido. Fue la primera causa penal impulsada por el Departamento de Justicia estadounidense contra el fraude musical asistido por IA (según notas oficiales del DOJ y coberturas de The New York Times). El golpe sienta cátedra, pero frente a una marea de 20.000 peticiones de retirada al mes, la vía penal sigue siendo un embudo demasiado estrecho.
El vacío legal y la trampa de las cifras: por qué borrar no basta
La resistencia de estas falsificaciones se explica en gran medida por una laguna de fondo: bajo el marco jurídico estadounidense actual, clonar la voz de un artista no encaja de manera nítida en una infracción de derechos de autor tradicional. Cuando en 2023 se viralizó "Heart on My Sleeve" (que imitaba las voces de Drake y The Weeknd) y acabó retirada de las plataformas, la decisión se apoyó más en las normas de uso de los propios servicios que en un derecho legal tipificado. La voz humana no es una obra protegible como tal en la legislación de copyright, y las normas sobre el derecho a la propia imagen varían según el estado, motivo por el que las grandes discográficas llevan años presionando en Washington.
Mientras la ley madura, las plataformas improvisan parches. En septiembre de 2025, Spotify modificó su política sobre suplantación: "La imitación vocal solo está permitida en la música de Spotify si cuenta con la autorización expresa del artista imitado". Meses después, en marzo de 2026, arrancó las pruebas de Artist Profile Protection para permitir a ciertos creadores validar sus lanzamientos antes de que aparecieran publicados en sus perfiles. No obstante, según informó MBW, el sistema se rediseñó poco después: el modelo estándar pasó a ser una simple notificación con opción de retirar canciones mal asignadas, relegando el filtro previo de aprobación a una función avanzada y de acceso restringido. Proteger a los artistas sin bloquear el flujo masivo de publicaciones legítimas sigue siendo un equilibrio endiablado.
A esto se suma un problema de medición que a menudo se pasa por alto. Como subrayó MBW, las directrices de Spotify distinguen entre dos supuestos muy diferentes: la clonación de voz por IA sin permiso y el error o mala fe en los metadatos que coloca una canción en el perfil del artista equivocado. Sin embargo, en el recuento oficial de 260.000 avisos facilitado por Sony, ambos casos se meten en el mismo saco. Mezclar infracciones reales con simples fallos de atribución puede inflar la percepción del fenómeno de las "canciones falsas" e impide cualquier auditoría independiente de los datos.
Y el riesgo de daños colaterales es palpable. A finales de 2025, el tema "I Run" provocó comparaciones con la voz de la cantante británica Jorja Smith debido a los efectos aplicados a sus pistas vocales. The Orchard (la distribuidora de Sony), la RIAA y la IFPI tramitaron avisos de retirada; Spotify detectó la pista, la suprimió y retuvo sus liquidaciones. Sin embargo, según recogió MBW a través de Billboard, Harrison Walker (de Haven) y su coproductor Jacob Donaghue defendieron siempre que la pista usaba la propia voz de Walker tratada con Suno, sin intención alguna de emular a Smith. Si se trataba de una imitación premeditada o de una mera coincidencia tímbrica es algo que nunca quedó zanjado. Para colmo, la discográfica FAMM denunció que la pista se volvió a subir repetidamente mediante cuatro distribuidores diferentes para sortear los bloqueos. El caso sintetiza las dos caras del conflicto: burlar las retiradas es ridículamente fácil y, al mismo tiempo, los filtros automáticos pueden llevarse por delante a creadores inocentes.
La ofensiva regulatoria: del ELVIS Act al NO FAKES Act
La batalla legislativa en Estados Unidos discurre por dos carriles paralelos. En el ámbito estatal, el ELVIS Act de Tennessee —en vigor desde 2024— fue pionero al proteger específicamente la voz humana al mismo nivel que el nombre o la imagen física en su ley de derechos de imagen, penalizando no solo el uso de clones, sino el desarrollo de herramientas para crearlos. La senadora Marsha Blackburn lo definió como el punto de partida de la estrategia federal.
En el Capitolio, la propuesta de referencia es el NO FAKES Act (S.4591). Tal y como desglosó en su día MBW, el proyecto crearía por primera vez a nivel federal un derecho de tipo propiedad intelectual sobre la voz y la imagen de las personas. Bajo este marco, los titulares podrían autorizar o bloquear cualquier réplica digital generada por IA, con una protección que se extendería hasta 70 años después del fallecimiento del creador y sería transferible a sus herederos. La norma excluye supuestos como la parodia, la crítica, la cobertura informativa o el muestreo consentido.
El régimen sancionador propuesto es contundente: multas de 5.000 dólares por obra para particulares, 25.000 dólares para empresas que generen o distribuyan copias no autorizadas y hasta 750.000 dólares por infracción para los servicios online que no retiren el material de forma diligente. Para conservar su exención de responsabilidad, las plataformas estarían obligadas a eliminar cualquier réplica denunciada "tan pronto como resulte tecnológica y prácticamente viable". Tras un intento fallido en 2024 y meses de bloqueo en 2025 ante las dudas de las grandes tecnológicas y organizaciones prolibertad de expresión, el texto se presentó de nuevo el 20 de mayo de 2026 con respaldo bipartidista y superó por unanimidad el Comité Judicial del Senado el 18 de junio (el redactado completo puede consultarse en Congress.gov). Su nómina de apoyos incluye a las tres grandes discográficas, Spotify, Google, OpenAI y YouTube.
Durante la comparecencia en el Senado, la cantante de country Martina McBride dejó una frase que acabó marcando el debate: "Mi voz es mi forma de arte".
Las sombras del sistema: la trampa de los filtros masivos
Celebrar los volúmenes de canciones retiradas como una victoria suscita serias dudas entre los expertos en derechos digitales.
Por un lado, el método no deja de ser un juego del gato y el ratón. El FT no especificó cuántas canciones se borraron efectivamente ni los tiempos de respuesta de los servicios digitales, y el precedente de "I Run" demostró que sortear un bloqueo es tan fácil como cambiar de distribuidora. Mientras la puerta de entrada siga abierta de par en par en plataformas como Suno o DistroKid, actuar a posteriori en las tiendas de streaming equivaldrá a vaciar el mar a cucharadas. Un cómputo de retiradas que se multiplica por dos en seis meses refleja mucho mejor la velocidad a la que se genera música sintética que el éxito de los mecanismos de control.
Por otro lado, los algoritmos de detección fallan con frecuencia. La Electronic Frontier Foundation (EFF) ha cuestionado con dureza la arquitectura del NO FAKES Act: para mantener su escudo legal, las plataformas se verán forzadas a implementar filtros predictivos y evitar cualquier reaparición de contenidos señalados, un terreno donde las herramientas de copyright ya han mostrado deficiencias notables. Suelen censurar obras que se parecen pero no son idénticas (como dos interpretaciones independientes de una pieza de dominio público), actúan ante fragmentos de pocos segundos e ignoran el contexto legal de cada uso. Trasladar esa misma lógica a la "similitud tímbrica" aumentará inevitablemente los falsos positivos.
Por último, las exigencias de la ley podrían cebarse con los eslabones más débiles. Desde la EFF alertan de que, aunque la norma recoja excepciones para la sátira o la opinión, hacerlas valer exige acudir a los tribunales, algo prohibitivo para creadores sin recursos. Asimismo, el texto facultaría a quien reclame un derecho a obtener citaciones judiciales a través del secretario del tribunal, sin revisión previa de un juez, para desenmascarar la identidad de un usuario con una simple denuncia. El Cato Institute ha reiterado sus advertencias sobre posibles derivas de censura tras el visto bueno en comisión, y diversos colectivos consideran que fijar indemnizaciones de hasta 750.000 dólares por obra para las plataformas resulta completamente desproporcionado. Hay incluso una objeción de raíz (planteada por organizaciones como Public Knowledge): tras la fachada de combatir las manipulaciones por IA, el proyecto de ley crea un mercado negociable de derechos sobre la propia identidad, tratando como un activo financiero lo que tradicionalmente pertenecía a la esfera de la privacidad.
Estas advertencias no buscan disculpar a las redes de fraude automatizado, sino recordar que blindar las voces mediante monopolios de propiedad y filtros algorítmicos obligatorios puede terminar perjudicando a artistas emergentes y usuarios anónimos. Si los creadores de "I Run" actuaron o no de buena fe sigue siendo una incógnita, pero los litigios de este tipo solo irán a más conforme se generalice el uso de estos filtros.
Facturas sin resguardo
Un registro de 260.000 solicitudes de retirada demuestra que el aparato legal de las discográficas trabaja a pleno rendimiento, pero también confirma que la maquinaria de contención es incapaz de competir con la velocidad de la IA generativa. Las respuestas definitivas no se jugarán en los despachos de reclamaciones, sino en dos frentes muy concretos: en los parlamentos —comprobando si el NO FAKES Act culmina su tramitación en esta legislatura para dotar a la voz de un estatuto jurídico claro— y en la exigencia de responsabilidades en origen. Mientras las herramientas de generación y distribución operen sin filtros previos, todo lo que suceda río abajo será puro trámite burocrático. Entre los avisos que envía la industria y las canciones que de verdad desaparecen de la red se abre una brecha invisible: nunca fue tan sencillo robarle la voz a un artista, ni tan complejo recuperarla.
Fuentes
- IT之家: Sony Music exige la retirada de 260.000 canciones falsas generadas con IA en septiembre (artículo original, en chino)
- Financial Times: Sony Music steps up fight against streaming fraud
- Music Business Worldwide: Sony Music has now asked platforms to remove more than 260,000 AI deepfakes
- Music Business Worldwide: Five things to know about the NO FAKES Act
- Music Business Worldwide: Sony Music has issued nearly 10,000 deepfake takedowns — Dennis Kooker speech
- Music Business Worldwide: Spotify to let artists vet releases before they appear on their profiles
- EFF: The NO FAKES Act Has Changed – and It's So Much Worse
- Congress.gov: S.4591 — NO FAKES Act of 2026 (119th Congress)
- Los datos de cuota de streaming de Deezer (vía CNET) y los comunicados del Departamento de Justicia sobre el caso de Michael Smith fueron contrastados mediante resultados de búsqueda; el acceso directo a dichas fuentes estuvo sujeto a restricciones de red, por lo que las menciones correspondientes se consignan con arreglo a lo reportado.