El profesor que contestó al aluvión de demostraciones de OpenAI con un videoclip musical

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El 10 de octubre de 2026, Joshua B. Plotkin, titular de la cátedra Annenberg de Ciencias Naturales en la Universidad de Pensilvania, colgó en redes un videoclip de casi cinco minutos con un mensaje de apenas dos líneas: «It saved some for you.

(One shot!)». Al día siguiente, Ethan Mollick, profesor de Wharton volcado en el impacto de la inteligencia artificial, se hizo eco de la pieza con un veredicto rotundo: «Un matemático crea un videoclip con Opus 5.5 como respuesta a las demostraciones de OpenAI. Una maravilla». Según Mollick, la obra se generó con Claude Opus 5.5, el modelo insignia que Anthropic había lanzado el 22 de septiembre.

El videoclip de Plotkin (unos 4 min 53 s, 1080p)

A simple vista, la anécdota no pasa de ahí: un académico, un vídeo musical y un par de tuits. Sin embargo, el telón de fondo sobre el que aterriza es la mayor fractura que vive la comunidad matemática en décadas. Para entender por qué una canción equivale aquí a un manifiesto, conviene repasar los hechos.

El movimiento de OpenAI: más de 700 artículos de golpe

A principios de octubre, tal y como recogió The Decoder, OpenAI liberó una marea de manuscritos matemáticos redactados de forma íntegra por un modelo interno: más de 700 documentos en una sola descarga. La compañía ya había levantado ampollas semanas antes al asegurar que su sistema había resuelto más de un centenar de problemas matemáticos abiertos en cuestión de un mes, incluida una vía de ataque para las ecuaciones de Navier-Stokes, uno de los célebres Problemas del Milenio. Paralelamente, OpenAI constituyó un panel asesor, el AGMAI, radicado en el prestigioso Institute for Advanced Study, aunque con una cláusula determinante: no tiene poder alguno sobre el ritmo de desarrollo de la empresa. (El anuncio oficial de la compañía puede consultarse en su propia web, mientras que los datos expuestos siguen la investigación de The Decoder).

El vertido cayó como una bomba sobre una disciplina que llevaba meses debatiéndose entre la fascinación y el pánico.

La rebelión académica: «Nadie pidió que se hiciera este trabajo»

La reacción no tardó en llegar. La Association for Human Mathematics (AHM), encabezada por el medallista Fields Terence Tao —quien difundió el manifiesto como entrada invitada en su blog personal—, acusó a OpenAI de quebrar los consensos elementales de la práctica investigadora y llamó al boicot directo contra la tecnológica. Para la AHM, volcar más de 700 textos sin revisión previa no era ciencia, sino una demostración de fuerza bruta. Por su parte, Tao sugirió en Mastodon la llegada inminente de las «Matemáticas 2.0», una etapa en la que la mera resolución de enigmas dejará de ser el eje de la disciplina. En una línea parecida, el teórico de la computación Scott Aaronson calificó el episodio de auténtico «Matemocalipsis» en su blog.

El origen del malestar se comprende mejor a través de dos datos que subraya The Decoder. Primero: muchos de los textos producidos por el modelo están redactados de una forma tan intrincada y ajena a la convención humana que ni siquiera los mayores especialistas del planeta logran descifrarlos sin recurrir, a su vez, a otra IA. Segundo: Justin Solomon, profesor del MIT, relató en un pódcast (resumido aquí) que tanto él como el presentador fueron incapaces de superar la segunda página del supuesto contraejemplo de Navier-Stokes. El nudo de la discusión no es menor: ¿se puede dar por resuelto un teorema si ningún ser humano es capaz de comprender su demostración?

Y es justo en esa encrucijada donde el vídeo de Plotkin cobra sentido.

La tercera vía: ironía, arte y código rival

Si se analiza el tablero, la comunidad matemática se ha polarizado en tres actitudes frente a este aluvión algorítmico. La primera es el rechazo institucional: el boicot de la AHM, la apelación a la ética científica y la defensa de que el valor de las matemáticas reside en entender el porqué. La segunda es la resignación pragmática: el «Matemocalipsis» de Aaronson o el abandono de Solomon en la página dos, asumiendo que la valla ha caído y ya no hay vuelta atrás.

La tercera opción es la de Plotkin: responder con una pieza artística generada, con no poca intención, utilizando el modelo puntero del laboratorio rival. Su críptico «It saved some for you» («te ha guardado un poco») funciona como un dardo socarrón hacia toda la polémica. Ya sea una estrofa o una broma sobre las migajas que las máquinas nos dejan a los humanos, la tesis de fondo es impecable: si el cálculo y las demostraciones quedan en manos del silicio, el terreno exclusivo de las personas pasa a ser el sentido, la interpretación, el humor y el criterio estético. Y lo plantea, precisamente, no dándole la espalda a la tecnología, sino apropiándose de ella.

El entusiasmo de Mollick encaja de lleno en esa misma mirada. Tras años defendiendo que la IA debe funcionar como una «co-inteligencia» complementaria y no como un reemplazo deshumanizador, amplificar este vídeo es toda una declaración: el debate relevante ya no es si una máquina puede o no demostrar teoremas, sino qué decidimos hacer los humanos a partir de ahora.

Matices que conviene no perder de vista

Hay tres precisiones que este análisis no puede contrastar de primera mano. En primer lugar, la naturaleza visual exacta del clip —si es animación pura, rodaje humano o generación sintética— no ha podido ser evaluada directamente aquí; solo se conocen su duración, créditos y acompañamiento en texto. En segundo lugar, que la autoría técnica corresponda a Opus 5.5 depende del testimonio de Mollick, ya que el mensaje de Plotkin no cita la herramienta. Por último, Mollick presenta a Plotkin como «matemático», cuando en rigor ocupa una cátedra de ciencias naturales: un recordatorio elocuente de que los detalles de esta disputa circulan antes por redes sociales que por canales académicos formales.

Lo que nadie discute es la secuencia cronológica de los acontecimientos: una avalancha de artículos, un llamamiento al boicot y una parodia musical, todo concentrado en apenas siete días. Los dos primeros discutían para qué sirven las matemáticas; el tercero prefirió mostrarlo sin decir una sola palabra técnica.

Fuentes